5.1.08

¿QUÉ SON LAS FARC?

Por: Mario Luis Pennella
Según: Roberto Higueras, desde Colombia.

1. La guerra psicológica revolucionaria total,
esencia de la agresión contra Colombia


Para comprender en profundidad la grave situación política, social y cultural de Colombia, es preciso considerar algunas premisas fundamentales, que lamentablemente suelen no estar presentes en los análisis de los especialistas y, menos aún, en la visión que tiene el hombre de la calle.

Esas premisas muestran que la crisis colombiana es fruto, no de coincidencias fortuitas, sino de la articulación de inescrupulosas fuerzas revolucionarias que, bajo protecciones insospechadas, actúan a nivel nacional e internacional con el objetivo de quebrar psicológica y moralmente a los colombianos, para apartarlos del orden cristiano.

Durante varias décadas, se dijo que la meta hacia la cual esas fuerzas impulsaban al País, era el comunismo, y era verdad; mas a lo largo de los últimos tres decenios vino volviéndose claro que, más allá de la realización de los anhelos siniestros de la secta roja, se insinúa otra meta mucho más radical y perversa hacia la cual convergen las aberraciones igualitarias y libertarias del marxismo, su relativismo evolucionista, sus métodos sanguinarios y engañosos, así como la galopante depravación moral de la sociedad moderna: la utopía anarco-colectivista que es la meta última de la rebelión contra el Orden Natural instituido por Dios.

Nuestra Patria fue transformada por esas fuerzas en un verdadero laboratorio de experimentación, con el agravante de que la inmensa mayoría de sus víctimas ni siquiera sospecha el carácter premeditado y sistemático del proceso revolucionario que le afecta, de donde queda casi enteramente indefensa frente a éste.

I.- La Revolución no es un proceso espontáneo

Para analizar la situación de Colombia, en el contexto del mundo contemporáneo, nos basamos en los principios y criterios expuestos en la obra capital del eminente pensador católico Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución, que describe el proceso multisecular por el cual el mundo vino siendo apartado del orden cristiano y sometido de modo progresivo a situaciones cada vez más opuestas a los principios de la Iglesia, por una eliminación gradual de todas las desigualdades y de todas las leyes.

Quienes impulsan ese proceso revolucionario hacia su objetivo de total descristianización, combinan calculadamente fases cruentas con otras incruentas, según quieran aprovechar los sentimientos, ora de miedo, ora de simpatía, que importantes líderes y medios de comunicación infunden en la opinión pública en relación a la utópica meta igualitaria y anárquica hacia la cual el proceso se dirige.

Así, desde hace casi veinte años, como veremos, se han venido dando en Colombia, ora gravísimas escaladas, casi siempre impunes, de atentados de brutalidad extrema de parte de la subversión marxista, ora períodos en que los sucesivos gobiernos tratan de lograr, mediante el diálogo y concesiones a ella, que por fin se pacifique; sistema alternante éste que fortalece a la guerrilla y suscita en la población, sucesivamente, esperanzas y decepciones, arrastrando al País hacia el caos, así como a una capitulación final ante el anarco-colectivismo.

II.- El comunismo no murió, se metamorfoseó

Una segunda premisa, de mucha importancia para comprender la realidad colombiana, es que el comunismo, como fuerza política e ideológica, a nivel nacional e internacional, está lejos de haber muerto; simplemente se metamorfoseó, para eludir algunas resistencias, salir de su estancamiento crónico y por fin lanzarse a formas más audaces -es decir, más igualitarias y libertarias- para conquistar el mundo.

En nuestra Patria, como en todo Occidente, no faltaron aquellos que, dejándose llevar por el optimismo, proclamaron que el comunismo había prácticamente dejado de existir, después de la caída del Muro de Berlín y de la desintegración del imperio soviético, quedando relegado a un triste y merecido lugar entre los horrores de la Historia.

Sin embargo, los hechos muestran hoy que muchos líderes comunistas, viejos y nuevos, retoman posiciones en países del Este europeo, otrora satélites soviéticos. En la propia Rusia, el avance comunista ha preocupado a muchos observadores, habiéndose temido inclusive la victoria de la corriente stalinista en las recientes elecciones y la consecuente reconstitución de la URSS.

Asimismo, en América Latina, Fidel Castro sigue proclamando el carácter marxista-leninista de su régimen, cuya supervivencia, gracias a la complaciente e irresponsable ayuda de gobiernos occidentales, constituye una "bomba de tiempo" en el Continente, la cual podrá ser detonada cuando la inestable situación internacional lo permita y convenga al proceso revolucionario.

Por fin, las guerrillas comunistas, pese a su ferocidad, no cesaron de conquistar terreno en Colombia desde hace más de veinte años, sobre todo porque los sucesivos gobiernos tuvieron frente a ellas actitudes indulgentes verdaderamente nefastas, lo que tuvo efectos análogos a que se les hubiese conferido el derecho de masacrar poblaciones impunemente en pro del avance marxista.

Más aún, pareciera que las infamias convencionales del comunismo van, al mismo tiempo, subsistiendo y radicalizándose en los movimientos guerrilleros terroristas, los cuales van mostrando, cada día más, aspectos que recuerdan la locura genocida y nihilista de la revolución cultural china, del Khmer rouge camboyano y de "Sendero Luminoso" del Perú.

III.- La principal arma revolucionaria es la guerra psicológica

Junto a lo anterior, hay que considerar que quienes quieren imponer un régimen anarco-colectivista impulsan una gigantesca maniobra de guerra psicológica revolucionaria, que no descarta la violencia, sino la gradúa según las reacciones de la opinión pública, para vencer todas sus resistencias.

Como explica el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, la guerra psicológica revolucionaria es una forma de guerra de conquista que "tiene como objetivo a todo el hombre, y a todos los hombres en todos los países", afectando a "toda la psiquis del hombre, es decir, lo 'trabaja' en las diferentes potencias de su alma y en todas las fibras de su mentalidad"; se dirige no sólo a los adversarios de las ideas revolucionarias, sino también a los neutros y aun los simpatizantes del comunismo, para que se vuelvan todavía más favorables a él.

Según muestra el eminente autor, la guerra psicológica acude a todos los medios "para llevar insensiblemente a cada grupo social y hasta a cada hombre a aproximarse, por poco que sea, del comunismo. Y esto en cualquier terreno: en las convicciones religiosas, políticas, sociales o económicas; en las impostaciones culturales, en las preferencias artísticas, en los modos de ser y de actuar en familia, en la profesión, en la sociedad".

Sus principales fines son "engañar y adormecer en forma paulatina a los irreductiblemente neutros" y "dividir a cada paso, desarticular, aislar, aterrorizar, difamar, perseguir y bloquear a los adversarios", objetivos éstos que son precisamente los buscados por los movimientos revolucionarios en la Colombia de hoy.

El especialista francés Maurice Megret, afirma que "de Clausewitz a Lenin, la evolución de las técnicas y el progreso de las ciencias psicológicas conspiraron para conferir a la guerra psicológica los poderes casi mágicos de un 'arte de la subversión'".

El uso de artificios psicopolíticos complejos y sutiles va hoy mucho más lejos que una mera acción auxiliar de la lucha armada, transformándose en una estrategia global de largo alcance. En ese sentido, el tratadista francés Roger Mucchielli comenta que, según las concepciones clásicas, la guerra psicológica era un recurso entre otros, al alcance de los estrategas; pero que hoy "la guerra psicológica hace estallar la distinción clásica entre guerra y paz. Es una guerra no convencional, extraña a las normas de derecho internacional y de las leyes conocidas de guerra; es una guerra total que desconcierta a los juristas y que persigue sus objetivos al abrigo de los códigos".

A su vez, Terence H. Qualter, de la Universidad de Waterloo, Estados Unidos, observa: "Originariamente, la guerra psicológica era planeada como preliminar de la acción militar, con el objetivo de desmoralizar a los soldados enemigos antes de que el ataque fuese lanzado, o como auxiliar de la acción militar, acelerando la victoria y reduciendo su costo. Hoy ella se tornó un sustituto de la acción militar"

IV.- La "revolución cultural", nueva forma de la guerra psicológica

En Colombia, para alcanzar sus objetivos de desmontar el Estado y la sociedad con el fin de llegar a la anarquía, los propulsores de la guerra psicológica revolucionaria acudieron a un nuevo recurso, la llamada revolución cultural. Ésta trasciende el mero campo político y abarca todos los aspectos del alma humana, de modo que los hombres vayan quedando progresivamente inmersos en un ambiente siempre más impregnante que los haga adherir a los sucesivos pasos del proceso, ayudando al ímpetu y a la amplitud de la desintegración socio-cultural del País.

Explica el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira que "como una modalidad de guerra psicológica revolucionaria, a partir de la rebelión estudiantil de La Sorbonne, en mayo de 1968, numerosos autores socialistas y marxistas en general pasaron a reconocer la necesidad de una forma de revolución previa a las transformaciones políticas y socio-económicas, que operase en la vida cotidiana, en las costumbres, en las mentalidades, en los modos de ser, de sentir y de vivir. Es la llamada revolución cultural.

"Consideran ellos que esta revolución preponderantemente psicológica y tendencial es una etapa indispensable para llegar al cambio de mentalidad que haría posible la implantación de la utopía igualitaria, pues, sin tal preparación, esa transformación revolucionaria y los consiguientes 'cambios de estructura' resultarían efímeros".

Por su parte, el intelectual socialista francés Pierre Fougeyrollas reconoce que "la expresión revolución cultural significa verdaderamente una revolución de las maneras de sentir, de actuar y de pensar, una revolución de las maneras de vivir (colectiva e individualmente), en suma, una revolución de la civilización".

La revolución cultural constituye un movimiento de tenor auténticamente revolucionario que, sobrepasando los dogmatismos de la ortodoxia marxista, niega y combate radicalmente, al mismo tiempo, todas las formas de autoridad legal o moral, tanto en el ámbito individual como en el social. Conduce a una forma de revolución total; comienza por propugnar la liberación radical de los instintos del ser humano, que juzga subyugados por siglos de cultura y civilización, tratando de subvertir el orden interior por el cual la inteligencia y la voluntad gobiernan las pasiones.

De ahí que la libertad sexual sin límites sea una de las principales reivindicaciones de esta nueva revolución. Según Fougeyrollas, "la revolución psico-sexual, que está actualmente gestándose en la juventud, constituye una fuerza decisiva para lograr la revolución total".

Por su propia índole y dinamismo, esa explosión ideológico-temperamental, a medida que se expande, provoca una espiral que erosiona todas las leyes, autoridades y formas de represión, en todos los ámbitos de las actividades humanas.

Por eso, en el panorama colombiano, no es por casualidad que al caos que denunciamos en los ámbitos político, jurídico, socio-económico, etc., se añaden muchas otras expresiones de caos moral, que penetran y corroen la familia, la educación y todos los ambientes -incluso, infelizmente, los eclesiásticos- generando un huracán multiforme que destruye a su paso todos los valores cristianos, tanto en las instituciones como en las almas, haciendo que éstas se dejen fascinar y embriagar por aberraciones por las cuales, hasta hace poco, sentían horror: ambos procesos se ayudan mutuamente.

En nuestro país, la violencia, el terrorismo, el secuestro, el narcotráfico, la delincuencia común, la inmoralidad en los medios de comunicación, la corrupción en los ámbitos político-administrativo y el deterioro de la institución familiar, convergen, desde diversos ángulos, en una misma meta: la corrosión moral de la sociedad y el desmontaje del Estado, siendo todos ellos, en medida variable, instrumentos de la guerra psicológica y de la revolución cultural.

Herbert Marcuse, el filósofo de la rebelión de Mayo de 1968, en Francia, dice sobre esta nueva forma de revolución: "Uno puede indudablemente hablar de una revolución cultural, puesto que la protesta está apuntada hacia todo el Establecimiento cultural, incluyendo la moral de la sociedad existente. (...) Hay una cosa que podemos afirmar con seguridad: se acabaron la idea tradicional de revolución y la estrategia tradicional de revolución. Estas ideas son anticuadas. (...) Lo que debemos emprender es una especie de difusa y dispersa desintegración del sistema".

V.- De las entrañas del comunismo clásico, surge
una nueva revolución tribal y autogestionaria

Hemos sostenido que el comunismo no sólo no ha muerto, sino que está conquistando posiciones, ya no para una reconstitución del estatismo radical del régimen soviético, sino impulsando una nueva revolución que nace de los despojos descompuestos del comunismo clásico.

Como es sabido, ni Marx, ni Engels, ni Lenin ni el resto de los teóricos comunistas vieron en el comunismo y en la dictadura del proletariado la etapa terminal del proceso revolucionario. Por el contrario, colocaron como meta una sociedad autogestionaria, en la cual se llegaría a la extinción del propio Estado comunista. Esa meta estaba consagrada en el preámbulo de la Constitución soviética, donde se leía que "el objetivo supremo del Estado soviético" es llegar a una sociedad sin clases "en la que se desarrollará la autogestión social-comunista".

Federico Engels, uno de los fundadores del llamado "comunismo científico", afirmó que en esa etapa autogestionaria no sólo desparecerían las clases, sino también "toda la máquina del Estado", agregando que ella sería transportada al lugar donde "le corresponde tener su puesto": "al museo de antigüedades, junto al torno de hilar y junto al hacha de bronce"

En concreto, ¿a qué situación se llegaría por causa de la caída y descomposición del Estado, por el total derrumbe de las normas morales y la consecuente explosión de tormentosas y obscuras pasiones, por el aparecimiento de mafias delictivas poderosas que se combaten entre sí, pero se unen para oprimir a la población, por el estallido alucinante de los conflictos más intensos, así como por la impugnación de todas las dignidades, seguida de la capitulación de quienes las detentan?

Muy probablemente, a una situación muy próxima al tribalismo indígena, en la cual, sin autoridades ni leyes, a no ser las impuestas por los más audaces en el crimen y en el pecado, sin derechos ni propiedades, en un régimen al mismo tiempo despótico y anárquico, todos vivirían sujetos a las turbulencias caóticas provocadas por el entrechoque de irracionales estados de espíritu, sin contrariar, no obstante, la índole del tribalismo.

En ese sentido, el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, en su ensayo Revolución y Contra-Revolución, afirma que "es imposible no preguntarse si la sociedad tribal soñada por las actuales corrientes estructuralo-tribalistas" -que se inspiran en autores contemporáneos como Claude Lévy-Strauss- no será la meta a donde conduce la nueva revolución surgida de las entrañas del comunismo, ya que algunas características de la sociedad occidental presente pueden ser considerados como precursoras de la nueva revolución tribal.

VI.- El proceso revolucionario no es irreversible: puede ser detenido

Ante la amplitud del proceso revolucionario, del poder y del ímpetu de las fuerzas que lo impulsan, muchos se preguntarán si no es incontenible. La respuesta, con todo énfasis, es negativa.

Es obvio que la crisis en que Colombia se debate contraría a fondo los deseos de la mayoría de la población. Sin embargo, ésta, carente de líderes que combatan esa crisis, en parte se deja arrastrar hacia donde no querría ir -el auge del caos- en parte se refugia en la vida particular, en los pequeños goces o en las pasajeras ilusiones de la vida moderna y en parte se deja penetrar por la apatía o por la difusa sensación de que no hay solución.

Así, se ha formado una "mayoría silenciosa", ora sumisa, ora descontenta, casi siempre amedrentada y desesperanzada, raras veces indignada, la cual, no obstante, si saliese de esa postración anímica, si dejase de confiar en esos líderes que tantas frustraciones le han producido, si viese de frente las tragedias que nos aguardan si no hubiere una reacción salvadora, comprendería que, tarde o temprano, habrá que reaccionar para reerguir a la Nación.

A lo largo del proceso que sufrió Colombia en las últimas décadas, que la apartó de la vida orgánica y relativamente moralizada de otrora, llevándola a las profundidades del caos presente, le fue propuesto, muchas veces, que abandonase principios claves del orden cristiano, lo cual implicaba promesas falaces y riesgos enormes. Y, cuando el País creyó en éstas, no tardó en desengañarse y notar que ellas se esfumaban, mientras los riesgos se concretaban, agravando las crisis que se pretendía resolver y produciendo el abatimiento de la población.

Pues bien, en esas ocasiones, cuando el poder revolucionario resuelve pasar por encima de las resistencias de la opinión pública y consumar su avance -sirviéndose de sofismas, amenazas y represiones, así como de líderes sociales cómplices y de promesas engañosas- produce indignaciones imprevistas y, con éstas, surgen ocasiones propicias para una reacción eficaz, sobre todo si se basa en los principios de la tradición católica, máxime porque, en este caso, habitualmente la Divina Providencia la puede ayudar de forma inesperada, inclusive llevándola a la victoria.

A respecto del caminar de los pueblos por las vías de la revolución anticristiana y de las posibilidades de que, a cierta altura, reaccionen, el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, con base en epopeyas claves de la historia del Occidente cristiano, hace una afirmación altamente auspiciosa para los colombianos católicos y patriotas de hoy, si se deciden a luchar: "Cuando los hombres resuelven cooperar con la gracia de Dios, se operan las maravillas de la Historia: es la conversión del Imperio Romano, es la formación de la Edad Media, es la reconquista de España a partir de Covadonga, son todos esos acontecimientos que se dan como fruto de las grandes resurrecciones de alma de que los pueblos son también susceptibles. Resurrecciones invencibles, porque no hay nada que derrote a un pueblo virtuoso y que verdaderamente ame a Dios".

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